El resultado inmediato de una mentira o incluso de una verdad a medias es la desconfianza.

Desde pequeño, crecí en los pasillos de una humilde iglesia. Gente amable, buena y sencilla abrigaron mi niñez y mis primeros años de vida. De hecho, les adeudo a mis padres tanta gratitud por haberse ocupado de eso.

En toda relación llega un momento donde las preguntas y las curiosidades incómodas comienzan a hacerse presentes. En mi caso no fue la excepción.

Esas ignoradas dudas sobre el pecado y sobre la moralidad, son la evidencia de que un joven necesita respuestas firmes para seguir confiando en un ritual. Las personas necesitan defender el valor de las reglas que han moldeado su vida.  Reglas que han obedecido y repetido sin la necesidad de preguntar ¿Por qué?

Ese temido ¿Por qué? que ha sido ignorado y otras veces atendido como una posición rebelde, debería ser visto como una sed competente de alguien que desea defender sus principios de vida ante una cultura relativista.

Hagamos un ejemplo: ¿Tomar vino es malo?

A cuantos pastores, líderes y padres nos han hecho la misma pregunta y tantas otras que merecen una respuesta real. Creo que cuando Dios nos permite orientar a algún hermano, es porque tiene la expectativa de que le digamos…

¡LA VERDAD!

La verdad es vital cuando hablamos de Dios y su palabra. Sin embargo, la mentira, la falta de sinceridad o la información a medias causa una gran desconfianza. Conozco a muchas personas que han perdido su respeto y admiración por el cristianismo. La razón principal es la mentira. La mentira de hablar en el nombre de Dios, cuando la intención verdadera es hablar por nuestra propia cuenta.

 La verdad es suficiente.

Dios no espera que su iglesia responda preguntas a medias, o peor aún que mienta. Dios no desea que su iglesia ponga palabras en su boca que no han sido mencionadas jamás.

Para conocer la verdad: Acudamos a las escrituras

La Biblia habla en muchas ocasiones sobre el uso de esta bebida. Me parece que la misma no condena el uso controlado, pero sí el exceso: “Anda, y come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón; porque tus obras ya son agradables a Dios” (Eclesiastés 9:7).

La Biblia registra una historia en donde Jesús hizo un milagro de provisión con el vino.  Me he preguntado: ¿Cuán incómodo me hubiera sentido si me hubiera tocado proveer el vino? Que tal usted, ¿Sentiría pesar en su conciencia?

Lo que la Biblia cataloga como un verdadero problema, es el uso descontrolado de la bebida: “[N]i los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios” (1 Corintios 6:10). Añade: “¡Tengan cuidado! No pasen el tiempo pensando en banquetes y borracheras, ni en las muchas cosas que esta vida les ofrece. Porque el fin del mundo podría sorprenderlos en cualquier momento” (Lucas 21:34).

Es importante que no renunciemos a la verdad para revelar nuestra opinión.  Renunciar a la verdad, es ponerle un límite de tiempo a la confianza que han depositado en usted.

He aquí una posible respuesta: “Querido hijo es esto lo que dice la Biblia al respecto. La misma no condena el uso controlado del vino, pero sí se ocupa en señalar que el uso excesivo puede ser tan peligroso. Como tu (padre) (madre) (abuelo) (abuela) (pastor) (amigo) te sugiero que no lo consumas. Muchas familias en el mundo sufren por las adicciones al alcohol.”

Optar por no diferenciar entre los criterios de Dios y nuestras opiniones es iniciar un venidero terremoto. Como organizaciones, como iglesias y como asambleas, no me parece prohibido plantar reglas o dogmas para el beneficio testimonial del ministerio. Pero es ideal ponerles el nombre correcto. Una regla organizacional no siempre es la palabra y el criterio de Dios.

Si algo me preocupa en esta travesía, es ser hallado en el cielo como un fariseo moderno.

Qué le parece si… ¡Decimos la verdad!

 

Autor: Carlos Manuelle

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